Presentamos uno de sus cuentos. Los invitamos a apreciar su arte y compartirlo.
Victoria el colibrí
Se sentó en La estancia, un parque ubicado al este de Caracas, y decidió darle una dadivosa mirada al Ávila, sus ojos celestes hacían un gran matiz con el verde tan profundo y natural de aquel cerro que flanqueaba a la capital del país caribeño. Se preguntó qué sería vivir en una ciudad que tuviese los cuatro estaciones del año y cuán caótica sería la ciudad si los carros se deslizaran por el hielo, rió para sus adentros y se descubrió creyendo que las cifras de accidentes automovilisticos serían el doble o quizás el triple de las ya altas estadísticas.
Una hoja cayó sobre su cabeza y la trajo imperiosamente de su ensimismamiento, la tomo en sus manos, era pequeña, tenía unas cinco líneas que se dirigían desde el centro hasta los extremos, estaba un poco arrugada, tal vez el viento la había magullado antes de traerla a ella. Victoria tenía dieciséis años, no era muy grande, pero tampoco menuda, estaba entre el promedio de las niñas de su edad, 1.68 metros de altura. Poseía una cabellera abundante color ceniza, su tés era blanquecina, pero no pálida. La naturaleza la había premiado con un prominente busto, que hacía levantar pasiones entre los hombres más avezados en lanzar piropos.
Sin duda alguna no tenía la apariencia de una adolescente. El viento sopló y con él se llevó a la hoja. Victoria poseía la atención de un bebé recién nacido para las cosas importantes según los adultos, así que decidía constantemente no prestar atención a “lo importante de la vida”, sino a esas cosas que la llenaban de felicidad, como aquella hoja que volaba libre, quizás, feliz con el viento. Deseó ser un colibrí e ir por el mundo recolectando azúcar, posándose sobre la belleza de la naturaleza y recorriendo tantos lugares que con su forma humana jamás conocería.
Cerró los ojos, todo se hizo oscuro, pero no temía, el sonido la abrazaba, pero aún así estaba tranquila, la bocina de los autos sin cesar, los pasos de las personas que no se detenían, subían, bajaban, pero el tiempo no se detenía. Era una con el mundo, una con la naturaleza. Sintió como si le susurraran al oído que abriera los ojos lentamente, hizo acopio de toda su fuerza, era como si sus ojos de un momento a otro hubiesen pesado mucho, como si una fuerza misteriosa deseara que los tuviera cerrados.
De pronto ante sí tenía una flor y en su paladar había un dulzor, pudo ver un pequeño pico, se sobresalto, buscó sus manos con apremió y no las vio, trato de levantarse y descubrió que ya no tenía piernas. ¿Qué había pasado con ella? Hubo un grito en el vacío, pero se contuvo. Miró al cielo y sintió como se alejaba de la tierra: ¿era lo que creía? Se acerco de nuevo a la flor y de nuevo tenía un dulzor en su paladar, no veía manos ni piernas, pero sí un pequeño pico. Podía volar y hacerlo muy rápido, oía un aletear, pero era casí imperceptible, así que tuvo que agudizar su oído. ¡No lo creía, tenía alas! Podía volar, ser una con el viento, no había gravedad que la detuviese.
Fue por otra flor y por otra y por otra y entonces Victoria fue libre, de la naturaleza, una con el mundo. Ya no recordó más lo que fue, sino que aceptó en lo que se convirtió y fue feliz con lo que de repente tuvo, sin temor a lo que perdió, porque no importaba ahora el pasado, puesto que tenía un nuevo futuro, un nuevo porvenir.
Alberto Martínez
@AlbertMartinz
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